Un policía será juzgado por presunto caso de “gatillo fácil”

12.Feb.07 :: En la prensa

Diario “Hoy” de La Plata, 11/02/2007



POLICIALES 18:49 Acusado de matar a un joven en 2003

Un oficial de la policía bonaerense comenzará a ser juzgado mañana acusado de asesinar de dos balazos a Rodrigo Corzo, de 27 años, en un presunto caso de “gatillo fácil” ocurrido en la localidad bonaerense de Villa Tesei en 2003, informaron fuentes judiciales y la familia de la víctima.

El juicio se iniciará a las 9 en la sede del Tribunal Oral en lo Criminal (TOC) 5 de Morón, ubicado en el quinto piso de San Martín 123 de esa localidad, y está previsto que dure tres jornadas.

El imputado es el oficial inspector Cristian Alfredo Solanas, quien se desempeñaba en el Comando de Patrullas de Hurlingham y desde que ocurrió el hecho está preso.

Solanas llega a juicio acusado del delito de homicidio simple, por lo que de ser hallado culpable por los jueces Carlos Thompson, Susana De Carlo y Angélica Parera, podría ser condenado a entre 8 y 25 años de prisión.

El fiscal de juicio será Patricio Pagani y los familiares de Corzo estarán representados por la abogada María del Carmen Verdú, de la Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional (CORREPI).

La familia de la víctima no sólo acusa a Solana de haber asesinado sin sentido a Rodrigo, sino también de haberle “plantado” un arma y dispararla para simular un enfrentamiento.

El crimen de Corzo ocurrió el 28 de junio de 2003 pasadas las 2.30 en el acceso al puente Santa Rosa de Villa Tessei, cuando el oficial inspector Solana disparó contra el automóvil donde se movilizaba el joven.

Solana indicó que vio venir de frente un automóvil que había realizado una maniobra sospechosa, por lo que ordenó al sargento Ariel Horacio Núñez, que conducía el patrullero, que lo siguiera.

Cuando los dos vehículos estaban por ingresar al puente Santa Rosa, Solana disparó dos veces contra el rodado conducido por Corzo.

Una de las balas ingresó por el baúl del auto, atravesó los asientos y perforó el corazón del joven, quien murió 28 segundos más tarde.

Luego del disparo, el auto de la víctima siguió andando en punto muerto hasta que se detuvo a tres cuadras.

Tanto Solana como Núñez dijeron que desde el auto de Corzo se habían efectuado dos disparos y, por esa razón, el oficial disparó en otras dos oportunidades.

En cambio, otros cuatro testigos que declararon ante la fiscal de Morón instructora, Rita Bustamante, desmintieron lo que dijeron los policías y aseguraron que sólo escucharon dos disparos.

La hermana de la víctima, Micaela Corzo, incluso contó a que “hay un testigo que vio cómo le plantaron un arma a mi hermano cuando ya estaba muerto, que además dispararon para simular el enfrentamiento”.

“Nadie de mi familia nunca tuvo un arma, mi hermano no era un delincuente y además quedó demostrado por la prueba de “dermotest” (parafina) que Rodrigo no disparó ningún arma”, comentó Micaela.

Solana quedó detenido esa misma noche y fue alojado en la comisaría segunda de Ituzaingo, mientras que su compañero Nuñez sólo fue pasado a disponibilidad y actualmente, según informó la familia Corzo, realiza tareas administrativas en la comisaría Las Catonas de Moreno.

Núñez dijo durante la instrucción que, aunque fue testigo del hecho, no vio nada.

Cuando la fiscal le preguntó cómo es que no vio nada si él era quien conducía el móvil, por lo que tenía una mejor visión, Núñez dijo que como estaban por subir al puente Santa Rosa y él sufre de vértigo “cerró los ojos y aceleró”.

“Queremos que le den la mayor pena posible, pero eso no me conforma porque lo único que remediaría la muerte de Rodrigo es que me lo devuelvan con vida y eso no va a pasar. Por eso quiero que Solanas pague lo que hizo encerrado en la cárcel al menos 20 años”, dijo Micaela.

La hermana de la víctima contó que la noche que fue asesinado, Rodrigo había ido a jugar al fútbol con sus compañeros de trabajo, regresó a su casa para bañarse y buscar el auto de la familia y que en el momento en que fue baleado se dirigía a la casa de su novia.

Rodrigo tenía 27 años, trabajaba en un taller de serigrafía, era técnico mecánico y administrador aduanero, hablaba tres idiomas y se había anotado para estudiar ingeniería.

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