Juicio al Gatillo Fácil

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DÍA UNO

12.02.07

Primera jornada del juicio: los lineamientos de las partes, los primeros testigos y la verdad que se va develando.

A las 9:30 de la mañana los jueces Carlos Thompson, Susana De Carlo y Angélica Parera entraron a la sala de audiencias y comenzó el juicio oral contra Cristian Alfredo Solana, 34 años, el oficial inspector de la policía bonaerense que coronó su brillante foja de servicios con el fusilamiento de Rodrigo Corzo (27) en la madrugada del 28 de junio de 2003.

De un lado de la estrecha sala, el fiscal Patricio Pagani, y las abogadas de CORREPI María del Carmen Verdú y Silvia Góngora, patrocinantes de los padres de Rodrigo. Del otro, el imputado, de simbólica camisa negra, junto a su novísimo defensor, el conocido Dr. Roberto Babington, que hace sólo días reemplazó al no menos notorio Dr. Víctor Stinfale. Nunca nos vamos a explicar de dónde salen los recursos de los policías para pagar semejantes defensas de lujo, salvo que se trate, como en nuestro caso, de compromiso militante, sólo que a la inversa.

El fiscal y los particulares damnificados coincidieron en sus lineamientos para el debate: ambos anunciaron que van a probar que en aquella fría y húmeda madrugada el oficial Solana mató a Rodrigo de un tiro en la espalda, sin que concurra excusa, justificación ni atenuante alguno para una conducta que calificaron como homicidio. La defensa alegó el legítimo cumplimiento del deber y la “obligación natural” (¿?) del policía de “reprimir el delito”, aunque subsidiariamente dejó planteada la posibilidad de un “exceso”. Suena familiar la palabrita.

El primer testigo fue el papá de Rodrigo, Narciso, que comenzó su relato visiblemente emocionado pero firme, contando que ese día su hijo salió como de costumbre de trabajar a las 22:00, que como era viernes fue a jugar al fútbol con sus compañeros de oficina, y después de pasar por su casa para bañarse se fue, también como siempre, en el auto de la familia, hacia la casa de su novia Florencia. Aunque el llanto lo quebró varias veces, Narciso Corzo hizo la semblanza de Rodrigo, de su familia, de los proyectos truncos, y después de pedir al tribunal que fuera profesional en el análisis de los hechos, cerró diciendo “A Rodrigo me lo mataron dos veces, una cuando le dispararon cobardemente por la espalda, la segunda cuando me mintieron diciendo que había sido un enfrentamiento”.

Luego declaró Florencia, la novia de Rodrigo, que corroboró el relato de Narciso, y dio precisiones sobre el camino que siempre hacían de una casa a la otra, demostrando que no hubo nada diferente esa noche, salvo la presencia homicida de los policías. “Yo era ingenua”, dijo la chica. “Creía que la policía estaba para cuidarnos”.

Fundamental resultó el testimonio del perito balístico Miguel Angel Agudo, que explicó el estado defectuoso de la pistola 22 que los policías “encontraron” en el auto de Rodrigo, y con la que, dicen, les hizo dos disparos seguidos. El arma, de mala calidad como todo “perro” (no se usa un arma buena para plantarla) tiene un desgaste en la uña extractora que hace que las vainas se encasquillen después de dispararlas, de forma tal que para hacer un segundo disparo es necesario desarmarla, sacando el cargador y pasando una baqueta por el caño, de forma que la vaina se destrabe y un nuevo proyectil pueda subir a la recámara. Una operación que lleva un buen rato y requiere las dos manos, imposible de realizar mientras se maneja un auto.

La médica que practicó la autopsia no dejó dudas sobre el mecanismo de la muerte y la trayectoria del proyectil, que ingresó por la espalda, entre la 7ª y 8ª vértebras dorsales, y después de atravesar pulmones y corazón quedó alojada en el lateral del tórax.

Finalmente, tres testigos presenciales que estaban en diversos lugares cerca del puente Santa Rosa explicaron que vieron el auto con sus vidrios cerrados, descartando así la versión policial de los disparos desde el Renault. Uno de ellos vio que al detenerse el auto con Rodrigo ya muerto, uno de los policías se acercó y abrió la puerta del acompañante, momento en el que escuchó una detonación de bajo calibre. Seguramente fue el disparo del “perro”, para justificar después que el arma había sido disparada. Otro afirmó que escuchó sólo dos disparos sobre el puente, ambos provenientes de la ventanilla del acompañante de la camioneta policial, donde iba Solana. Y aseguró que la misma camioneta policial se había detenido unos minutos antes en una verdulería donde cargó mercadería. Casualmente el verdulero, único testigo que no escuchó los disparos policiales y en cambio dijo que provenían del auto -al que sin embargo no veía- terminó admitiendo que su patrón tiene un arreglo con las patrullas que recorren la zona para que vigilen su comercio, y que es frecuente que los policías le pidan “alguna frutita”, y que suele darles “una manzana o una banana, porque eso no se le niega a nadie”…

El tribunal se negó a incorporar como prueba el sumario administrativo seguido por el Ministerio de Seguridad, a instancias de la familia Corzo, para determinar si el chofer del patrullero, el sargento Núñez, sufre como lo afirmara en la instrucción de vértigo, por lo que al subir al puente del Acceso Oeste cerró los ojos y aceleró, de modo que no vio nada. La jornada de mañana se abrirá con su testimonio. También declararán los policías de Hurlingham, Morón y Villa Ariza que llegaron al lugar después del homicidio.

Solana permaneció silencioso en la sala todo el debate, excepto cuando promediaba el testimonio de Narciso Corzo y se profundizaba su intensidad. Allí lo acometió una súbita indisposición que lo obligó a salir hacia el toilette.

Nada silenciosa estuvo la calle, con medio centenar de familiares de víctimas de la represión policial y militantes de CORREPI, de la Coordinadora Oeste y de la Chinaka Murguera, que cubrieron de banderas y pancartas la intersección de San Martín y Rivadavia, ocupando toda la cuadra hasta que terminó la audiencia. Ruidosamente despidieron al camión del servicio penitenciario que trasladó al policía a su lugar de detención, no sin antes pintarle en el costado “Solana Asesino”.

La nota de color la dio el policía Héctor Abraham, que era el jefe de calle de la comisaría de Villa Ariza y participó en las diligencias preliminares de la causa. Entró a la sala esposado, porque el hombre hoy está preso, acusado de extorsión y amenazas.


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